Todos los días me muero completa y la gente jura que soy Dios porque resucito.
Dejemos, para dar el efecto drástico de entrada, en diez porciento, la primera pérdida del día. Se va con el estrés que exige comenzar un día nuevo, lo que viene, lo que no hice anoche, lo que olvidaré más tarde y mucho más si es lunes. Ni hablar si es primero.
Siempre he pensado que es más que el diez porciento, al sumarle el peso que dejo tras de mi en la cama al despertar; dar un paso para salir de la cama, perder el equilibrio al utilizar fuerza de más, considerando que la noche anterior era tres kilos más pesada, caminar a la ducha y perder otro diez porciento en ella... entre células muertas y pelo quebrado que caen al desagüe en cantidades industriales y los problemas que trato de sacarme con jabón.
Luego, sumarle la muerte súbita que significa vestirse insegura. El suicidio social de los pantalones sucios y de la polera que me niego a sacar. Treinta porciento. Treinta y tres. Y empiezo la mañana con un tercio menos de mi vida.
Recupero un cinco porciento con el desayuno, de puro buena onda que soy conmigo.
Y aquí es cuando viene lo peor; sentir el frío y hostil picaporte, volverse tibio y amablemente irónico en mi mano, me resta un quince porciento de vida. Se ríe de que deja tras de si el calorcito de las sábanas, el solcito en el umbral de la puerta y el gato blanco bañándose en el sillón. Y el postre que conciné que me penará todo el día y que me dará fuerzas para volver a casa. Dos porciento a favor.
Algo así como un setenta porciento me debe rendir para todo el día. Y cierro la puerta. Chao picaporte. Me caíste mal.
Como no encontré un barrio barato para vivir que tuviera un servicentro cerca, ni pololo que me ayude a recargarme, esa idea circular me quita con cada paso un cero coma cero uno porciento y como entre mi casa y el metro hay quinientos cincuenta y seis pasos, pierdo en esa caminada algo así como un seis porciento. Es tautológico, pero tiene sentido.
Ahora es cuando todos se ríen, yo también un poco, pero tan poco que no alcanza a devolverme partes de mi gráfico de torta. Subirse gorda al metro, apretujarse contra el tipo enorme, volver a quedarse dormida, bajarse flaca, debe dejar dentro del metro una Consuelo aparte, un veinte porciento menos, que fantasmagórica se dedica a vivir lo que no puedo vivir yo; se tira en parapente, se depila con láser, se hace un tatuaje caro, se hace las uñas, se compra un disco, se toma un helado, va a espiar al hombre que me tiene loca... maldita Consuelo. Quién fuera ella.
Cuarenta y cuatro porciento para hacer cundir otras 12 horas. Y son las dos de la tarde.
Entro en la disyuntiva de si comer me suma o me resta puntitos. Por eso lo vamos a dejar en cuarenta porciento. Total a nadie le molesta que lo haga; sumando, restando, redondeando...
Fallar en la prueba, pegarme una desubicada, no tener plata para una sopaipilla, que ya no cuestan setenta, sino cien pesos, olvidarme del confort en el baño, toparme con alguien a quien no sé qué decirle, dejar pasar una foto en el aire, volver al metro. Diez porciento de mi.
Llegar a la casa. Comerme el famoso postre, llorar un rato sobre la leche derramada, tomármela, ordenar, desvestirme, vestirme de durmiente, abrir la cama y soñar con él.
Sube, sube, baja, sube, baja, sube, baja, sube, sube.
Uno porciento me sirve para pasar la noche.
Yo no me quejo por el uno porciento.
Dejemos, para dar el efecto drástico de entrada, en diez porciento, la primera pérdida del día. Se va con el estrés que exige comenzar un día nuevo, lo que viene, lo que no hice anoche, lo que olvidaré más tarde y mucho más si es lunes. Ni hablar si es primero.
Siempre he pensado que es más que el diez porciento, al sumarle el peso que dejo tras de mi en la cama al despertar; dar un paso para salir de la cama, perder el equilibrio al utilizar fuerza de más, considerando que la noche anterior era tres kilos más pesada, caminar a la ducha y perder otro diez porciento en ella... entre células muertas y pelo quebrado que caen al desagüe en cantidades industriales y los problemas que trato de sacarme con jabón.
Luego, sumarle la muerte súbita que significa vestirse insegura. El suicidio social de los pantalones sucios y de la polera que me niego a sacar. Treinta porciento. Treinta y tres. Y empiezo la mañana con un tercio menos de mi vida.
Recupero un cinco porciento con el desayuno, de puro buena onda que soy conmigo.
Y aquí es cuando viene lo peor; sentir el frío y hostil picaporte, volverse tibio y amablemente irónico en mi mano, me resta un quince porciento de vida. Se ríe de que deja tras de si el calorcito de las sábanas, el solcito en el umbral de la puerta y el gato blanco bañándose en el sillón. Y el postre que conciné que me penará todo el día y que me dará fuerzas para volver a casa. Dos porciento a favor.
Algo así como un setenta porciento me debe rendir para todo el día. Y cierro la puerta. Chao picaporte. Me caíste mal.
Como no encontré un barrio barato para vivir que tuviera un servicentro cerca, ni pololo que me ayude a recargarme, esa idea circular me quita con cada paso un cero coma cero uno porciento y como entre mi casa y el metro hay quinientos cincuenta y seis pasos, pierdo en esa caminada algo así como un seis porciento. Es tautológico, pero tiene sentido.
Ahora es cuando todos se ríen, yo también un poco, pero tan poco que no alcanza a devolverme partes de mi gráfico de torta. Subirse gorda al metro, apretujarse contra el tipo enorme, volver a quedarse dormida, bajarse flaca, debe dejar dentro del metro una Consuelo aparte, un veinte porciento menos, que fantasmagórica se dedica a vivir lo que no puedo vivir yo; se tira en parapente, se depila con láser, se hace un tatuaje caro, se hace las uñas, se compra un disco, se toma un helado, va a espiar al hombre que me tiene loca... maldita Consuelo. Quién fuera ella.
Cuarenta y cuatro porciento para hacer cundir otras 12 horas. Y son las dos de la tarde.
Entro en la disyuntiva de si comer me suma o me resta puntitos. Por eso lo vamos a dejar en cuarenta porciento. Total a nadie le molesta que lo haga; sumando, restando, redondeando...
Fallar en la prueba, pegarme una desubicada, no tener plata para una sopaipilla, que ya no cuestan setenta, sino cien pesos, olvidarme del confort en el baño, toparme con alguien a quien no sé qué decirle, dejar pasar una foto en el aire, volver al metro. Diez porciento de mi.
Llegar a la casa. Comerme el famoso postre, llorar un rato sobre la leche derramada, tomármela, ordenar, desvestirme, vestirme de durmiente, abrir la cama y soñar con él.
Sube, sube, baja, sube, baja, sube, baja, sube, sube.
Uno porciento me sirve para pasar la noche.
Yo no me quejo por el uno porciento.

