Monday, June 08, 2009

Rumores de nadie.
Tenía la piel curtida en batalla, chamuscada y estirada a girones, los huesos rotos, trizados a tropezones; anquilosado. El cuerpo que envolvía su alma, destrozado, inservible. Minusválido. El especial don de convertir la ironía en seriedad, la frase hecha en creatividad, la grosería en ocurrencia. Se comía las palabras; no había pan de cada día más que la dialéctica. Nunca, siquiera, intentó comer notas musicales o beber sudor, no se molestó en atragantarse con tanta corchea, ni con esforzarse duro; para eso estaba Boris, el del cuarto piso o Silvia, la del segundo.
Escupía al cielo cada vez que se le ocurría; sangre, todas las noches que se tiraba desdeñosamente a una mujer en el baño del bar de la esquina, ese de mala muerte, tan típico de los escritores, que atendía hace tantos años Gladis, la de las manos sucias, Y ella, tan típica de escritores. Tan… ella. Rengueaba por el piso pegoteado de parqué, entre colillas de cigarrillos flaites mezcladas con la cerveza desvanecida y constantemente regada por los borrachos del barrio, esos que acostumbran ser morados por el día y marrones en la noche.
Con otra de esas colgando del labio y los dientes manchados de lápiz labial, acostumbraba pasearse entre las mesas y ofrecerles a los ebrios lo de siempre, porque no aceptaba a gente nueva en el cuchitril, y a los sobrios una patada en las canillas para flirteárselos… entre esos, el famoso Flavio, el de un ojo gris y el otro vaya a saber uno de qué color era, ya que nada podía verse bajo esa maraña de pelo grasiento, pegado al cráneo y rostro cortado probablemente en la cárcel. Calvario. Pueblo chico… como la vez que se rumoreaba por el barrio que se había metido con Estela, la del emporio, cosa poco creíble porque la joroba no le hubiese permitido estirarse en la cama, ni ponerse de pie para hacerlo en la ducha, pero a nadie le falta Dios. Uno nunca sabe. Sospechas vagas.
Solía comerse las uñas cuando nadie la veía. Guardaba las que quedaban enteras en un frasco que había sido alguna vez de jerez, del que tomaba su padre. El peor. Después de beber esos licores, atesoraba las botellas bajo la cama de la pieza de huéspedes, que por cierto, nunca hospedó a nadie más que a los ácaros, para que Magdalena no se las encontrara con tal de que no le armara un escándalo como el que le armó esa vez en la plaza de Mayo por quedarse mirando las botellas de la vitrina, mientras ella le conversaba de lo demacrada que estaba Mirna, que probablemente era porque se había separado de Octavio quien le ponía los cuernos desde hace tanto, y ella, la pobre nunca se había dado cuenta hasta que lo vio con Glenda en el bar de la esquina, ese de mala muerte, tan típico de los escritores, que atendía hace tantos años Gladis, la de las manos sucias.
Ese día, después de haberle dado un escuálido almuerzo a la vieja, se disponía a hacer uno de esos cuadros que cortan el tiempo en dos, como El Nacimiento de Venus, Guernica o El Grito, sin más objetivo que hacerlo. Quizás por eso nunca llegaría a lograr que así fuera. Vano. Ese aire de superioridad que había tomado desde hace un tiempo hacía que el color de las paredes se destiñera a su paso. Incoloro. Insípido; como el chuño de los enfermos del hospital de tres bloques más abajo, en donde había espontáneamente empezado a pintar en una servilleta, hace unos años atrás, esperando los resultados de sus exámenes, los que arrojarían una vez más el mismo resultado; hipocondría. La misma aburrida enfermedad que sufría Eugenia, víctima de los constantes desvaríos de su esposo; que te vas a poner gorda si te comes ese pastel, que te va a subir la presión con tanta sal, que te puedes caer subiéndote allí, hasta que hizo que se volviera obesa mórbida, hipertensa y anquilosada, como el escritor del sexto.

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en mi cabeza tengo arena, no me deja pensar

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