Friday, June 12, 2009


me gustaba ese vestido escocés que se fue junto con toda mi ropa en una maleta que dejamos botada al volver de chillán en departamental con la panamericana donde ahora hay una botillería a la que mi papá pasa a comprar cigarros cuando viene del trabajo en el auto gris que se compró en el 2004 o 2003 por ahí después de vender el datsun café en el que jugaba a la escondida con mis amigos del edificio que quedaba en fernando lazcano en donde una vez el tío del furgón me subió al cuarto piso en brazos porque me había caído en el colegio al que fui de kinder a cuarto medio con un uniforme escocés que me recordaba a un vestido que echamos en una maleta que perdí en departamental con la panamericana.
me gustaba ese vestido escocés.

Monday, June 08, 2009

Gato por liebre.
Tuve un día la certeza de que entre la espuma rosada del cielo podía encontrar plantas medicinales o cosas que ayudan a hacer desaparecer la hambruna, la guerra y el dolor de los hombres, así que me aventuré a buscarlas sorbiendo del calor de un cigarrillo y bebiendo néctar y ambrosía en un pub de mala muerte.
No llegué más que al techo del local. Yo cacho que me vendieron unos guayitos no más, igual que el día que creí que en el cielo estaba la solución de todos los problemas.
Rumores de nadie.
Tenía la piel curtida en batalla, chamuscada y estirada a girones, los huesos rotos, trizados a tropezones; anquilosado. El cuerpo que envolvía su alma, destrozado, inservible. Minusválido. El especial don de convertir la ironía en seriedad, la frase hecha en creatividad, la grosería en ocurrencia. Se comía las palabras; no había pan de cada día más que la dialéctica. Nunca, siquiera, intentó comer notas musicales o beber sudor, no se molestó en atragantarse con tanta corchea, ni con esforzarse duro; para eso estaba Boris, el del cuarto piso o Silvia, la del segundo.
Escupía al cielo cada vez que se le ocurría; sangre, todas las noches que se tiraba desdeñosamente a una mujer en el baño del bar de la esquina, ese de mala muerte, tan típico de los escritores, que atendía hace tantos años Gladis, la de las manos sucias, Y ella, tan típica de escritores. Tan… ella. Rengueaba por el piso pegoteado de parqué, entre colillas de cigarrillos flaites mezcladas con la cerveza desvanecida y constantemente regada por los borrachos del barrio, esos que acostumbran ser morados por el día y marrones en la noche.
Con otra de esas colgando del labio y los dientes manchados de lápiz labial, acostumbraba pasearse entre las mesas y ofrecerles a los ebrios lo de siempre, porque no aceptaba a gente nueva en el cuchitril, y a los sobrios una patada en las canillas para flirteárselos… entre esos, el famoso Flavio, el de un ojo gris y el otro vaya a saber uno de qué color era, ya que nada podía verse bajo esa maraña de pelo grasiento, pegado al cráneo y rostro cortado probablemente en la cárcel. Calvario. Pueblo chico… como la vez que se rumoreaba por el barrio que se había metido con Estela, la del emporio, cosa poco creíble porque la joroba no le hubiese permitido estirarse en la cama, ni ponerse de pie para hacerlo en la ducha, pero a nadie le falta Dios. Uno nunca sabe. Sospechas vagas.
Solía comerse las uñas cuando nadie la veía. Guardaba las que quedaban enteras en un frasco que había sido alguna vez de jerez, del que tomaba su padre. El peor. Después de beber esos licores, atesoraba las botellas bajo la cama de la pieza de huéspedes, que por cierto, nunca hospedó a nadie más que a los ácaros, para que Magdalena no se las encontrara con tal de que no le armara un escándalo como el que le armó esa vez en la plaza de Mayo por quedarse mirando las botellas de la vitrina, mientras ella le conversaba de lo demacrada que estaba Mirna, que probablemente era porque se había separado de Octavio quien le ponía los cuernos desde hace tanto, y ella, la pobre nunca se había dado cuenta hasta que lo vio con Glenda en el bar de la esquina, ese de mala muerte, tan típico de los escritores, que atendía hace tantos años Gladis, la de las manos sucias.
Ese día, después de haberle dado un escuálido almuerzo a la vieja, se disponía a hacer uno de esos cuadros que cortan el tiempo en dos, como El Nacimiento de Venus, Guernica o El Grito, sin más objetivo que hacerlo. Quizás por eso nunca llegaría a lograr que así fuera. Vano. Ese aire de superioridad que había tomado desde hace un tiempo hacía que el color de las paredes se destiñera a su paso. Incoloro. Insípido; como el chuño de los enfermos del hospital de tres bloques más abajo, en donde había espontáneamente empezado a pintar en una servilleta, hace unos años atrás, esperando los resultados de sus exámenes, los que arrojarían una vez más el mismo resultado; hipocondría. La misma aburrida enfermedad que sufría Eugenia, víctima de los constantes desvaríos de su esposo; que te vas a poner gorda si te comes ese pastel, que te va a subir la presión con tanta sal, que te puedes caer subiéndote allí, hasta que hizo que se volviera obesa mórbida, hipertensa y anquilosada, como el escritor del sexto.

Wednesday, March 04, 2009

Confianza.
Confío en que el tiempo se divide y no se multiplica.
Confío en que los sueños no se acortan junto con los huesos.
Confío en que no hay cordillera, ni fronteras, ni distancias que separen a los hombres.
Confío en las cartas que no envié y en los sueños que jamás conté,
en los sentimientos que evité y en los consejos que nunca escuché.
Confío en las nubes de vino que palpé, mirando el sol partirse por la mitad.
Confío en el sonido de tus pasos, caminando hasta mi pecho,
confío en que pronto no serán un recuerdo, sino una certeza.
Confío en lo que produje en tu sangre;
en la capacidad de enamorarte que alguna vez pude tener.
Confío en la seguridad que se respira en nuestro abrazo;
en el talento puro que tienes de enamorarme hoy.
Confío en tí y en nuestra fuerza de voluntad
para hacer que el tiempo se divida y no se multiplique.
Confío en que mañana será otro día.

Tuesday, December 09, 2008

Resumen de noticias.
Por cada semáforo con botonera para ciegos, cerca de quince personas - videntes - que al día presionan compulsivamente y sin razón el botón, con la ilusa esperanza de que cambie a verde para cruzar - porque claro está, eso nunca sucede - un alien pequeñito contratado para trabajar en Servicios Secretos Anti Humanos, envía sus identidades robadas a la central marciana.
Copiando en una millonésima de segundo, la huella digital de quien se atreve a posar su inocente dedo índice (o medio) en el dispositivo de copiado, este microalien clona alrededor de tres camadas de humanos al día. Inimaginable es el número de humanos suplantados al pensar en la cantidad de semáforos con botonera para ciegos en toda la faz de la tierra.
Es importante recalcar que, como es común, esto se hace en muchas ocasiones, el alien de la SS marciana tiene el tiempo suficiente para copiar - figúrese usté, no contento con todo eso - no tan sólo nuestras huellas digitales, sino que también se toma la molestia de scannear el iris ocular, cuando, para verificar si efectivamente pusimos bien el dedo en el botón, nos contorsionamos hacia un lado y hacia abajo, sin perder de vista el color del peatón del semáforo.
Las identidades robadas van a dar finalmente, luego del completo proceso de clonación, a un nuevo planeta de humanos, en donde pueden los marcianos experimentar con ellos, considerando que los supuestos seleccionados random en la tierra son los más estúpidos y enfermos especímenes, los más fieles ejemplos de la "inteligencia humana" que aún creen que la luz roja cambia a verde con presionar un botón y en otras cosas como que el Mapocho algún día será un río limpio o que en todas las comunas habrá ciclovías.

Wednesday, November 26, 2008

Thursday, November 20, 2008

No había llegado a quererte
sino hasta hoy,
día en donde todo es vacío
y en el que probablemente
tu entereza llene los huecos
de los que se desprende silencio.
Parece que te quiero,
creo que te estimo,
supongo que te amo,
me tinca que te aprecio.
Parece, creo, supongo, me tinca
que no estás ni ahí.

Monday, October 20, 2008

Vivir en cero.
Todos los días me muero completa y la gente jura que soy Dios porque resucito.
Dejemos, para dar el efecto drástico de entrada, en diez porciento, la primera pérdida del día. Se va con el estrés que exige comenzar un día nuevo, lo que viene, lo que no hice anoche, lo que olvidaré más tarde y mucho más si es lunes. Ni hablar si es primero.
Siempre he pensado que es más que el diez porciento, al sumarle el peso que dejo tras de mi en la cama al despertar; dar un paso para salir de la cama, perder el equilibrio al utilizar fuerza de más, considerando que la noche anterior era tres kilos más pesada, caminar a la ducha y perder otro diez porciento en ella... entre células muertas y pelo quebrado que caen al desagüe en cantidades industriales y los problemas que trato de sacarme con jabón.
Luego, sumarle la muerte súbita que significa vestirse insegura. El suicidio social de los pantalones sucios y de la polera que me niego a sacar. Treinta porciento. Treinta y tres. Y empiezo la mañana con un tercio menos de mi vida.
Recupero un cinco porciento con el desayuno, de puro buena onda que soy conmigo.
Y aquí es cuando viene lo peor; sentir el frío y hostil picaporte, volverse tibio y amablemente irónico en mi mano, me resta un quince porciento de vida. Se ríe de que deja tras de si el calorcito de las sábanas, el solcito en el umbral de la puerta y el gato blanco bañándose en el sillón. Y el postre que conciné que me penará todo el día y que me dará fuerzas para volver a casa. Dos porciento a favor.
Algo así como un setenta porciento me debe rendir para todo el día. Y cierro la puerta. Chao picaporte. Me caíste mal.
Como no encontré un barrio barato para vivir que tuviera un servicentro cerca, ni pololo que me ayude a recargarme, esa idea circular me quita con cada paso un cero coma cero uno porciento y como entre mi casa y el metro hay quinientos cincuenta y seis pasos, pierdo en esa caminada algo así como un seis porciento. Es tautológico, pero tiene sentido.
Ahora es cuando todos se ríen, yo también un poco, pero tan poco que no alcanza a devolverme partes de mi gráfico de torta. Subirse gorda al metro, apretujarse contra el tipo enorme, volver a quedarse dormida, bajarse flaca, debe dejar dentro del metro una Consuelo aparte, un veinte porciento menos, que fantasmagórica se dedica a vivir lo que no puedo vivir yo; se tira en parapente, se depila con láser, se hace un tatuaje caro, se hace las uñas, se compra un disco, se toma un helado, va a espiar al hombre que me tiene loca... maldita Consuelo. Quién fuera ella.
Cuarenta y cuatro porciento para hacer cundir otras 12 horas. Y son las dos de la tarde.
Entro en la disyuntiva de si comer me suma o me resta puntitos. Por eso lo vamos a dejar en cuarenta porciento. Total a nadie le molesta que lo haga; sumando, restando, redondeando...
Fallar en la prueba, pegarme una desubicada, no tener plata para una sopaipilla, que ya no cuestan setenta, sino cien pesos, olvidarme del confort en el baño, toparme con alguien a quien no sé qué decirle, dejar pasar una foto en el aire, volver al metro. Diez porciento de mi.
Llegar a la casa. Comerme el famoso postre, llorar un rato sobre la leche derramada, tomármela, ordenar, desvestirme, vestirme de durmiente, abrir la cama y soñar con él.
Sube, sube, baja, sube, baja, sube, baja, sube, sube.
Uno porciento me sirve para pasar la noche.
Yo no me quejo por el uno porciento.
olor a pan tostado
a pasto cortado
a tierra mojada
olor a leche cortada
a perro mojado
a gato encerrado.
sabor a mandarinas contigo
a madrugadas contigo
a bocanadas de ti
sabor a quimeras de ti
a fantasías contigo
a final feliz.

Sunday, October 12, 2008

Una estridente cacofonía en mi cabeza me dice que he despertado
y que es hora de volver a sentirme con raíz y sin ramas.
Abrir los ojos me custa demasiado;
el perfume de la almohada me lo impide.
Lo agrio de la saliva
y el calor de las sábanas infectadas de tu ausencia
me dicen lo contrario.
Hoy puede ser un gran día;
la gente que atropella me motiva a salir;
el sol radiante y el olor a limpio de la gente en las mañanas
me dan alergia.
Y dicotomías en millonésimas de segundo.
Minutos.
Y los brazos gélidos del aparato recalcitrante
vuelven a empujarme a salir
con un sonido circular y ascendente.
No me convence para nada el cuadro colgado tras la cortina
ni el expuesto en el pasillo.
La realidad que deja atrás el picaporte me parece más atractiva.
El tiempo se ha detenido.
Hay hojas de árboles suspendidas en el aire
y cabellos de mujer oleando con un sutil no-silencio.
Hay risas de niño haciendo eco en las galerías de comercio
y ruedas de bicicleta girando al compás
de la locomotora que late en mis venas.
Se me constriñen las entrañas
me tiritan las piernas,
me suda el cerebro
y al llegar me das un beso.

Monday, October 06, 2008


Secretos.
Voy a traer a cenar
todas las cosas que quieren escaparse
de la retina de los hombres.
Sin compartirlas,
daré un paso al vacío
con las manos atadas.
Volaré al sol
a derretir mis alas.
Voy a abrir los ojos
y a cerrar mis branquias.
Voy a morirme asfixiada
cuando nade en el mar
y un cangrejo me cuente de mi inmortalidad.
Voy a fotografiar,
a cantar, a pintar, a escribir.
A hacer mía la humanidad con un suspiro.
Voy a ser feliz.

Sunday, September 14, 2008

Me enamora la manera en que me hablas; cada idea que expresas me parece más interesante que la anterior; me embobas y finalmente no escucho nada. Me enamora tu timbre de voz, suave y pausado. Me enamora cada palabra que articulas, una tan bien acoplada a la otra. Me enamora la expresión de tu rostro cuando hablas de lo que te gusta. Y me enamoro de eso.
Y tú, que no te das cuenta.
Y tú, que crees que no pienso en ti.
Y tú que te ensañas en espantarme.
Me enamoras cada vez que crees que no te extraño, cuando la realidad, es que escribo a escondidas estas cosas sosas.
Me enamora todo el olor a primavera y las nubes que veo contigo y por ti.
Me enamora de ti escuchar canciones antiguas, de esas italianas mal catalogadas en una radio triste.
Me enamoro de ti y me doy cuenta de que nunca antes la vida tuvo tanto sentido en su simpleza.
No te amo, ni te amaré en un tiempo. Solo me enamoro de ti.

Tuesday, September 02, 2008

Cuentos de Metro y medio.
selección de cuentos que quería mandar a Santiago en 100 palabras. Los comparto con uds. porque los quiero.
Los hechos que aquí se exponen, no siempre tienen que ver con la realidad.. para información de los copuchentos. Opinen y critiquen.



Subconsciente colectivo.
Acostumbro ver las espaldas de la gente, acomodarse para quedar alineadas mirando a un mismo punto que nadie sabe cuál es. Se podría entrar de espaldas en vez de hacer ese tonto ademán de volverse sobre los propios pies para mirar hacia la puerta con el fin de salir más rápido. Como si bajar del metro fuera más importante que viajar en él. Como si bajar del metro fuera un hábito del subconsciente colectivo como despertar, bañarse, vestirse, enchufarse, ir al metro y empezar todo de nuevo.

Nistagmus.
Los hechos pasando frente a tus ojos y tú sin lograr acomodarte a ellos. Sentirte ajeno en un momento y perteneciente en otro. Preguntar qué pasa a un amigo y escuchar un absurdo “es normal”. Aborrecer el comentario. Mostrar la sonrisa que nunca antes mostrarte y no conocerte en absoluto. Tener miedo de que te despierten, te mezan y que la pesadilla se acabe. Bajarte del metro.

31 de Agosto.
Tenías la barba de diez días y la pena se te asomaba por los ojos en forma de agua. Me tomaste de la cintura y me dijiste “quiero llorar”. Solo quería acompañarte llorando, pero me diste un beso y se me trastocaron las prioridades; tienes ese terrible poder sobre mí. Cuando abrí los ojos, te había tragado la escalera. Con el viento del metro que llegaba, se fueron mis ganas de terminar contigo.

en mi cabeza tengo arena, no me deja pensar

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